Un día con mama tierra...

Soy una ardilla, un caballo, un perro, soy un pájaro, un árbol, soy un elefante, un lobo, un gallo, una planta, un pato, una gallina, una semilla, un pavo, un brote... El día amanece, las formas del bosque, de las praderas y de las montañas comienzan a cobrar sentido, rellenándose según sube el sol de sus puros tonos verdes. Se comienzan a atisbar los bostezos de la flora y la fauna, con cantos de pájaros, con el viento que se levanta con el sol agitando los vegetales, algunos nuevos, otros centenarios...

Surge el movimiento poco a poco como surgen las olas en el mar, ahí va una hormiga, trabajando, para mantener su puesto de obrera y complacer a su reina, esclavas las pobres y reinas por naturaleza, como los humanos. Ahí va una manada de animales a tomar sus primeros sorbos del día, en el pantano, en el río, el insecto en el charco creado por la lluvia de ayer. Ahí van esos animales libres, unos a galope, otros parsimoniosos, relajados y contemplando anonadados cada detalle que la mama tierra les ofrece.

Ahí van las aves, pequeñas y grandes, impulsadas por esas ramas que hacen de trampolín, provocando en el paisaje un armonioso movimiento, una perceptible e inquieta vida en la naturaleza, en el bosque, en la tierra.

El sol va subiendo, los colores y la intensidad del campo comienzan a brillar como brillan los colores en los bosques de los dibujos animados, como pintado por cera. El sol aprieta más y cada ser vivo disfruta el día a su manera, lo disfruta desde su pureza, algunos estirados en el suelo, tomándolo, tomando la vida que les insufla, otros, en la sombra agradecidos, posados, reposando, preparados para proseguir su día de un momento a otro.

El sol está alto y ya hace calor, por unas horas la vida en el bosque permanece bajo las sombras. Desde arriba las copas se ven brillantes y temblorosas, bajo sus ramas, saltan, viven, y juegan las aves y las ardillas. Por las praderas las grandes y pequeñas flores se agitan, los insectos se columpian y algunos hasta se marean por ese cimbrear tan natural y armónico, al son de la partitura de los cantos de los pájaros y la caricia del viento sobre las hojas de los árboles.
El césped y los pequeños brotes forman bajo esos erguidos tallos acabados en flor, un pequeño, verdoso y fresco paraíso para los bichos más pequeñitos y vergonzosos. Hacen la vida en el silencio, la mayoría en la soledad y la tranquilidad. Sus dimintos pies contra las chinas es el único ruidito que emiten, son la paz y el sosiego encarnados.

Comienza la tarde, el sol va bajando y las montañas comienzan a dibujar sus sombras sobre las praderas, comienzan a dibujar formas y dioses imponentes que silencian. Algunos, con la barriga llena, se acicalan y lavan, como las aves y las gallinas, posadas cómodamente en las alturas, hundiendo su pico en su brillante plumaje, repasando pluma por pluma de adentro hacia afuera.

El abrasante sol ya no lo es tanto y los animales se ponen en activo, las copas de los árboles se agitan más, los ruidos son mayores, cada animal se expresa a su manera, todos perciben esa especie de respiro que el día les regala y parecen felices por ello, son conscientes de ello, juegan, corren, saben que la noche y el descanso se acercan y que es la hora del spring de alegría. Es la hora de las carreras, de los vuelos, del galope, del juego. Los setos se agitan fuertemente al paso de el resto de seres vivos, los pétalos de la amapolas en las praderas se desprenden con el viento del atardecer, que empuja desesperado llegando tarde al ocaso, algunas flores explosionan al chocar contra los animales corriendo.

La noche se acerca, apenas queda luz y todos lo saben, las flores sabiamente se cierran, algunos nerviosos, comienzan a buscar cobijo, otros en cambio despiertan para salir, es su momento. Se escuchan los últimos ruidos de los que aún no se han acomodado, y se empiezan a percibir los leves movimientos de los más silenciosos y nocturnos. Tras oscurecer, se hace el silencio, menos el susurro de los arroyos y los ríos que jamás duermen. La vida comienza en la oscuridad para unos pocos, y el descanso previo a un nuevo día para otros. La brisa se enfría y se respira la paz tras los pequeños respiros de aire fresco de las noches de verano...

Qué bonito día con la mama tierra...