Una manera de vivir que me salvó la vida

Durante toda mi infancia estuve siempre muy pegada a mis padres, solo tenía un amigo del alma, Daniel, y era él con el único que me veía fuera del colegio, otras veces tardábamos mucho en vernos, en quedar, el pobre estaba harto de insistirme , casi tanto como ahora, en la actualidad.
Tuve la fortuna de vivir bien en una casa con un gran jardín y con animales, y también de poder pasar los fines de semana enteros en una enorme finca llena de jaras y encinas, en medio de varias montañas donde no había nadie casi en kilómetros, todo ello creo que fue la base de mi devoción por ellos y por la naturaleza.

Puede que esté mal o puede que esté bien, cada uno lo verá desde su punto de vista, pero mis padres eran conmigo muy complacientes y me dejaban hacer bastante lo que quisiera dentro de lo que era la casa. Me pasa las tardes y los fines de semana ensimismada con los animales y con cada detalle de cada planta o árbol del jardín, pasaba literalmente de estudiar por estar fuera a cambio, y compartir mis ratos con los animales, los bichos y las plantas. Al principio se ponían más serios con los temas de los estudios, sobre todo mi madre, me regañaban más por las malas notas, por las quejas de los pijos de mis profesores en las que ponía que no prestaba atención o que no hacía los deberes, lo cual era cierto, ya que para mi desde pequeña los estudios me parecieron una gran porquería en comparación a la gran maravilla que vivía cada tarde en mi jardín o cada fin de semana en el campo. Era consciente desde el principio de que la mayoría de las cosas que estudiábamos eran totalmente banales, superficiales, las únicas asignaturas que me gustaban un poco más eran conocimiento del medio, porque ahí aprendí cómo funcionaban y cómo eran por dentro muchas de las cosas que me ensimismaban cada tarde. Y también valores, ética, me parecía interesante y me sentía bien e identificada con algunas de las cosas que se mostraban en aquellos libros llenos de buenos actos que ocurren una vez de cada cien en la realidad.

Con el tiempo mis padres fueron tirando un poco la toalla conmigo en cuanto a los estudios, y ya poco nos importaban las notas de los profesores altivos y pijos, y poco les importaba si hacía o no los deberes, quien quiera ver el fallo ahí lo verá, pero hoy día soy quien soy por el pasado que tengo, y me encanta. Unos dirán, tus padres tirando el dinero y su tiempo por ti, pero no me avergüenza, no tiraron el dinero, contribuyeron de mano del destino y las casualidades no causales a que determinadas cosas y situaciones ocurriesen, y que me han echo ser lo que soy hoy. Ellos no es que pasaran de mi, más bien se dieron cuenta de como era y me educaron o dejaron volar hacia otro lugar, en otra dirección mucho más enriquecedora, verdadera, natural, y no se equivocaron.
Yo no fui lo que se dice la típica niña guapetona ni modelo, así que tampoco me trababa bien casi nadie en el colegio, exceptuando Daniel, a pesar de no ser tampoco la típica acobardada y enfrentarme a ellos, me resultaba realmente duro cada noche acostarme sabiendo que la humillación de los compañeros y los profesores me aguardaba a la mañana siguiente. Debido a que no me sentía muy bien en el colegio rodeada de todos aquellos niños con principio de materialistas, abusones, simples, correctos y de aquellos profesores frustrados y a la vez creídos, superficiales, debido a aquello yo no salía con nadie, fui a pocos cumpleaños de pequeña porque tampoco me sentía bien con ellos y pocos celebré yo también, un día me agobié tanto de ver mi casa, mi jardín lleno de gente a la que realmente no conocía ni con la que me llevaba bien que decidí no celebrar más, y así fue. Desde pequeña podía ver la falsedad, y no la permití más. No iba a los típicos viajes pagados a la nieve, si podía evitaba las excursiones corrientes y los fines de semana nos íbamos al campo con los perros y yo era una mariposa que correteaba y volaba por el monte. Esa manera de vivir me hizo muy dependiente a mis padres, a mis animales y a mi entorno, muchas veces no quería quedarme el fin de semana en casa de Daniel porque echaba demasiado de menos mi vida. Mi padre también era sobreprotector, y no me dejaba ir sola a ningún sitio, al contrario que otros niños que ya iban a comprar el pan por ejemplo, o salían en pequeñas pandillas en su barrio, yo jamás salí con ninguna pandilla de barrio.

Me encantaba pasar todo el día con el, sobre todo los fines de semana que era cuando más cosas hacía, se ponía a arreglar el jardín, a regar, preparábamos la piscina para el verano, les limpiaba a los perros su sitio, podaba, yo flipaba en ese mundo, en ese mundo que vivía con mi padre metidos en la naturaleza, aprendiendo constantemente mientras le observaba, mientras le ayudaba, lo que daría por volver a vivir esos momentos en los que juntos plantábamos plantas, o que juntos cogíamos un bichito y nos quedábamos los dos absortos como dos niños observando su belleza, observando como se movía sobre nuestras manos, fueron años maravillosos, y así estuvimos hasta sus últimos y demasiado tempranos días, en los que falleció por aquel asqueroso cáncer, que hizo de mi un muerto, un ser vacío, huérfano... Y esa dependencia, y esa sobreprotección desde que era niña, un día, me pudo haber salvado la vida.

Yo era muy muy pequeña, apenas recuerdo cuántos años tenía, debía ser verano porque recuerdo estar muchas tardes en el taller de esmalte y cerámica artesanal de mis padres, a escasos metros más arriba del taller había, y a día de hoy, hay, sigue estando todo igual, un pequeño parquecillo con cuatro, si no me falla la memoria, monstruosos pinos, y unos cuántos columpios y grandes juegos para los niños, el parque estaba prácticamente al lado del taller. Creo que ya había jugado antes en aquel sitio, pero imagino que en compañía de un adulto, mi padre no habría dejado que fuese de otra manera. Recuerdo que una de esas tardes debía de aburrirme muchísimo, porque a pesar de no gustarme ir al parque cuando estaba lleno de niños les pedí a mis padres que por favor me dejasen ir, que me aburría mucho, aunque fuese sola, que estaba al lado y que no iba a pasarme nada, sobre todo, recuerdo que le supliqué a mi padre porque yo creo que era al que más le costaba, mi madre es más relajada en ese sentido. Debido a la manera de ser de él siempre me tomé muy a pecho consultarles o pedirles permiso en cosas que otros niños normalmente no lo pedían, salir un momento a hacer no se qué, irme con no se cuantos, el caso es que siempre preguntaba, porque a pesar de ser pequeña sabía que si mi padre me perdía de vista unos segundos le daba un soponcio.
Tras mucho insistir, no se si en compañía de un adulto o no, creo que no, dados los echos que luego narraré, conseguí convencerlo y que me dejase ir al parque a matar un poco mi insoportable aburrimiento de tarde de verano. Así que salí y dejé si no recuerdo mal, la grande y elegante puerta de hierro blanca del taller a medio cerrar para no tener que llamar cuando quisiese volver. No recuerdo el momento de llegar al parque ni lo que hice estando en él, como muchas otras veces parece que solo retemos las cosas significativas e importantes que dejan casualmente, un legado, un mensaje que de adultos conseguimos descifrar y comprender. Sólo recuerdo lo siguiente.
A pesar de mi mente infantil observé de manera adulta a un hombre que sentado en un banco del parque, no dejada de mirarnos de manera extraña y obsesiva a los niños y sobre todo a mi. No sé como llegué a él pero la siguiente imagen que me viene al recordarlo es la de estar al lado de ese hombre y mantener la siguiente conversación.

- Hola, ¡que guapa eres!, ¿cómo te llamas?
- Paula
- ¿Y cuántos años tienes?, (sé que le respondí pero actualmente no sé cuántos años tenía)
- ¿Te gustan los helados?
- Y le respondí que si
- ¿Pues sabes que? Tengo una cosa que te va a gustar mucho, son flashes (para quien no lo sepa son los típicos helados de hielo que van metidos en tiras de plástico y que son de distintos colores y sabores), ¿querrías uno?
- Contesté, sí, sonriente pero extrañamente desconfiada a la vez. Me parecía raro que un extraño me diese algo a cambio de nada.
- Lo que pasa que los tengo metidos en el coche para que no se derritan, si te vienes conmigo te doy uno.
Y ahí es cuando entró en acción las secuelas de la bendita sobreprotección de mi padre y echando por tierra la inocencia y confianza que aquel hombre esperaría de una niña tan pequeña le dije;

- Vale, pero espera aquí porque le voy a preguntar a mis padre si puedo o no ir, (todo esto evidentemente con las graciosas palabras de una niña que intentan sonar serias), no tardo mucho, tienen un taller ahí abajo, ¿espérame vale?

Se quedó un poco cortado, agrandó un poco la inquietante distancia que él había dejado entre los dos, y con mirada confusa y desconfiada me dijo, vale.
Yo me fui calle abajo hasta llegar a la puerta del taller de mis padres, entré y no sé a quién se lo dije, imagino que a mi padre:

- Oye papá! En el parque hay un hombre que me quiere dar flashes pero dice que tenemos que ir a su coche, ¿podemos ir para que me los de?

E imagino, que en la sabia brillantez y falta de inocencia del adulto el se percató de lo que estaba ocurriendo, así que sin decirme nada fuimos los dos juntos, no se si mi padre y yo o alguna de las chicas que allí trabajan y yo, caminando hacia el parque, cuando llegamos, aquel hombre, se había ido, inteligentemente, porque su plan le había salido mal. Por la reacción de los adultos y lo que me dijeron caí en la cuenta de aquel hombre me habría echo daño y de repente aquella situación me aterraba al recordarla. Lo peor de todo fue que aquella misma tarde mi hermano me llevó a ver alguna fiesta que se celebrara en el pueblo, era algo para niños claro estaba, porque estaba lleno de ellos y se exhibían enormes muñecos y dibujos que atravesaban la calle, mi taquicardia comenzó cuando, mientras miraba inocentemente aquel acto, pude ver casi de casualidad o casi por intuición primaria, ya que yo en teoría estaba atontada con los muñecos, como todos los niños allí presentes, como al otro lado de los muñecos, en la otra parte de la calle donde se apelotonaba el resto de gente y de niños, estaba el, mirándome fijo, no mirando la actividad, sino recto hacia mi, como si no hubiese más mundo que él y yo, como si me esperase, sonriéndome macabramente y saludándome con la mano. Me quedé paralizada y mi corazón empezó a latir con una fuerza que jamás antes había sentido, sentía como si se me fuera a salir del pecho, notaba como palpitaban mis extremidades, yo ya sabía de la manera que un niño sutil en la que un niño puede ser consciente de eso, de que aquel hombre no tenía buenas intenciones, de que algo malo me esperaba, así que no le correspondí, agarré la mano de mi hermano y me metí tras él, como un cachorro se cobija tras su madre. No recuerdo más, creo que en ese momento no lo mencioné, no se si fue más tarde o quizás años más tarde. Me dio miedo decirlo, no se porque, sentí que si hablaba me podía hacer más daño.

No volví a ver jamás a aquel hombre moreno, extraño, de mirada inquietante. Ahora agradezco toda esa dependencia que fui absorbiendo, toda aquella soledad de amigos, toda aquella sobreprotección de mi padre, que quizás, de no haber existido, yo no seguiría aquí, porque yo no habría tenido la necesidad de preguntar a mis padres si podía o no irme con aquel señor que quería darme helados.
Y sé que los niños deben aprender, y sé que los niños deben volar, pero vivimos en la sociedad del “eso no me pasa a mi”, vivimos en la sociedad de “el niño tiene que madurar ya, el niño tiene que ser..... ya, el niño tiene que aprender ya para pronto ser tal” todo con fines de banalidades , de como será, de que no quiero que sea un niño tal porque tal, todo futura imagen, todo futuro estudio, todo futuro emprendedor... y se nos pierde que solo son niños, que no podemos antes, muchos antes de que empiecen la adolescencia bombardearles con estudios, con mierdas que de nada valen sino para tener una puta carrera con la que ser respetables, dignos, con la que tener un futuro materialista nada pleno, se nos pierde su vulnerabilidad con el convertirlos ya en soldaditos, en hombre y mujeres de provecho, y en todo eso que se nos pierde se puede colar ese “a mi eso no me pasa” y pasarte, y que tu vida y la de todos se vea truncada de repente, apuñalada, descolocada.

Dejarlos dentro de un orden volar hacía donde deseen, y no los desterréis por convertirlos ya mismo en pequeños soldaditos, dejarlos ser niños y cuidarlos como cachorros indefensos que son, porque los peligros acechan aunque ya no tengamos depredadores animales, porque sí los hay humanos, dejar a los niños ser niños y nada más, porque sino de nada vale traerles al ejército de la vida. La vida no es dinero, la vida no es lo que pensarán de mi, la vida no es tener un buen coche, la vida no es tener unas exóticas vacaciones dos veces al año, la vida no es tener un trabajo, la vida no es ser como los demás y ser correcto, la vida no estar robotizado, manipulado, engañado. Si traes vida, déjala vivir y cuídala, que esto no es el concurso al más perfecto, correcto guapo y adinerado. La vida es ser, volar, descubrir, disfrutar, aprender, vivir...

Gracias papá por lo que fuiste, eres y serás, gracias papá por quien me hicisteis ser...