Sonidos de la naturaleza, SNA en la revista De Valde


Es uno de esos días en los que apenas parece haber viento, las plantas y arbustos están inmóviles como en una fotografía, pero de vez en cuando la brisa se delata en uno de sus susurros, en una de sus caricias sobre mí, sobre el monte, sobre los finos brazos que brotan de la tierra, procedentes de las hierbas secas del verano pasado. A mis pasos los acompaña el ritmo que nace reforzado del deseo de conocer, descubrir la naturaleza maravillosa que día a día se presenta a mi alrededor, que día a día me mantiene con vida, y me mantiene agradecida.
Esa naturaleza viva se presenta de muchas formas frente a mis sentidos. Una dulce y simpática melodía proviene de unos juguetones y pequeños seres alados que bailan entre las ramas y árboles, incluso se atreven a posarse sobre las atrevidas zarpas de las zarzas. Esos pequeños son chispas de alegría que se retuercen en forma de tirabuzón por los cielos, son amarillos, blancos, rojos, negros, marrones, e incluso en el final de sus alas y cola tienen algunos lunares, son los maravillosos y libres jilgueros, que celebran la vida por cada gramo de oxígeno recibido y lo hacen rellenando los bellos días de lechos sonoros.

Sigo caminando, el crujido de la grava y las ramas bajo mis pies provocan que grisáceas bengalas huyan velozmente a ras del monte, inician inquietantes movimientos en los arbustos, pequeñas polvaredas que cuando las observas el desencadenante ya ha desaparecido, esos grandes y sensibles roedores son los conejos y liebres que solitariamente recorren los yermos páramos.
En silencio y sigilo transcurre la vida de los insectos, mientras el humano camina ignorante, bajo y sobre mí trabajan a destajo, algunos en comunidad y otros en soledad, las hormigas, las abejas, las moscas, mosquitos … Las mariquitas pacientemente van buscando los enormes para ellas, brotes verdes de primavera, para calentar a su alrededor las alas y finalmente despegar. Las mariposas, preciosos arcoiris vivientes, danzan y campan a su antojo sobre el aire como si no hubiese gravedad. Bailan a mi alrededor haciendo que me sienta atraída por una misteriosa señal del destino que sin duda trae un significativo y valioso mensaje personal, dejándome prendada de su parpadeante aleteo celestial, hipnótico, son las sabias chamanas. Las inocentes mantis religiosas e insectos palo vagan poniendo en duda mi vista, ignorando que su estirpe, su linaje, se mantiene al borde de la extinción, que pende de un hilo debido al acto irresponsable de los humanos, esperando en quietud, en observación, a que por fin algún día despertemos de nuestro sueño de ignorancia.

Junto a la melodía de los jilgueros me acompañan en el camino unos regordetes de pecho rojo y boca puntiaguda, sus entrecortadas y agudas notas se mezclan con el resto de sonidos, son los petirrojos, de pausada y atenta mirada quienes observan los detalles y la quietud de la vida en la tierra, quietud que observo diferenciada con otros de sus amigos como las cogujadas de atrevido peinado y los atrevidos de por sí, gorriones. Avanzo, camino, esquivo pequeñas y valiosas vidas que delante de mi cruzan sin quererme hacer ningún daño, como diciendo, prosigamos nuestros caminos en paz. Mientras la paz y un sentimiento agradable se apodera de mi tras respetar a estos seres, voy enriqueciendo mi sentido olfativo con lo que la tierra me va aportando, el salvaje sándalo que cuando se moja se confunde con el maravilloso olor de los montes llenos de eucalipto, el refrescante tomillo que tanto caracteriza estas tierras junto con los pomposos plumeros que en los días de viento recobran un poco de vida al ralo paisaje, pero no por ello poco bonito.

En las llanuras reinan los nogales, majestuosos, antiguos, sabios, de dura corteza y amplia sombra, que dan cobijo en las más calurosas horas a, entre otras muchas aves,  palomas, que se muestran en pareja, en manada, rara vez solas, tranquilas, contemplando pausadamente, sin prisa, dándose tiempo para acicalarse, pluma por pluma, contagiando a sus compañeras el momento de relax, de agradable sosiego.
El sol incide de manera firme y consistente en los elegantes y alargados chopos que rodean el río como la guardia que custodia las aguas, una guardia que deja la alargada sombra tras de sí, permitiendo a los pequeños seres vivos refrescarse en ella. Cerca de ellos están los miedosos y temblorosos álamos de tan curiosa corteza, blanca e impoluta, que parecen convertirse a lo lejos en purpurina pura cuando el viento y las corrientes se hacen presentes. En sus ramas, como si de un juego se tratase, las osadas y valientes urracas saltan de una en otra inquietas, traviesas, haciéndose notar con su áspero y fuerte canto, que a veces incluso, parece acallar al resto de animales e insectos de alrededor, ellas son como las pequeñas reinas de la selva.

Poco a poco el ocaso va llegando y con él los cielos naranjas, rojos, rosas, en ocasiones enfurecido cielo que curiosamente no transmite más que paz, belleza. En el atardecer las golondrinas comienzan a salir para poder hacer sus desfiles sobre el aire, pareciendo que van a chocarse contra los suelos y dejando perplejo con sus piruetas a cualquiera que sabiamente se atreva ha observarlas, un poco más tarde se unen al desfile de vuelo los simpáticos y cieguitos alados con cara de ratón, los murciélagos, que una vez integrados en plena función permiten a las golondrinas descansar. Algunos se acuestan y otros comienzan a activarse cuando la oscuridad ocupa ya la otra mitad del mundo. La mayoría de las flores comienzan a cerrar sus pétalos para dormir excepto algunas valientes como el Don Pedro, preciosas campanillas de colores, que prefieren la noche para abrirse, esas damas de noche que seducen y cortejan con su dulce aroma, evocando en mí las mejores sensaciones y los más preciosos recuerdos estivales.

Una vez  extendido el manto de plata de la luna, la banda sonora de mi senda va cambiando, los grillos incesantes comienzan a cantar con fuerza, avisando de una larga noche, los buhos y mochuelos, curiosas aves, empiezan a realizar de cuidadosa manera sus extraños, penetrantes e inquietantes cantos, protagonistas de los más ancestrales cuentos, los ratoncillos y los zorros salen a curiosear, mientras unos empiezan otros descansan, para mantener vivo el incesante, maravilloso e inmortal ciclo de la vida, de la naturaleza que nos nutre y a la que debemos cuidar.

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Paula Riol